
Como si de una epidemia se tratase, esta última vez que estuve en Cuba me encontré con que gran parte de la población de mi pueblo (entiéndase pueblo con más de 20 mil habitantes) estaba esperando para dar a luz. La isla se está viendo afectada en el mercado de pareja y cualquiera teme quedarse para vestir santos. Ahora por fin hemos apartado la vista del turista, y otra vez ponemos la mira en el producto nacional. Con lo que cualquier criollo barrigoncito rapado que nos guiñe un ojo nos está abriendo una puerta de esperanza a la maternidad.
Las chicas de mi edad (menores y mayores también) se quejan de que no hay para donde mirar porque todos están o comprometidos con más de una mujer e hijos, o feos faltos de una buena dieta y gimnasio, o simplemente son
guajiros (paletos) cerrados de mente sin más ambiciones que la de procrearse.
Recuerdo que de niña decía que nunca me enamoraría de un
guajiro así, y he de decir que hasta ahora he sido leal a ese pensamiento. Sin embargo, lo cierto es que los únicos que valen la pena, hoy por hoy, son esos
guajiritos de campo adentro, que aún conservan un poco de vergüenza.
A partir de los 25 años allá, la mujer que no esté en camino de tener a su primer hijo lleva un mal presagio. La gente comienza a sacar sus propias conclusiones rápidamente: si se debe a que ha sido un poco puta, marimacho o demasiado santurrona, condenada a quedarse soltera.
Los chicos mientras tanto aprovechan todo lo que pueden: cuantos más amiguetes tengan más posibilidades tienen de anotarse mujeres, puesto que se las intercambian. ¡Sí! Se pasan las novias como si de un porro se tratara, y lo mejor, las embarazan y todo queda en casa.
Lo optimista de esta vida del cubano es que aunque vengan huracanes, sistema comunista y un tipo como Bush, seguimos con el mismo entusiasmo de siempre.